Tras la celebración de la misa, llegó el momento que muchos esperaban. León XIV tomó la custodia con el Santísimo Sacramento y comenzó la procesión.

Por: Giuliana Trevisanato
MADRID — Hay imágenes que difícilmente se olvidan. Y una de ellas fue la de León XIV caminando por la calle Alcalá con la custodia entre sus manos, avanzando lentamente sobre un camino de flores preparado durante días para celebrar el Corpus Christi.

Más de un millón y medio de personas se reunieron en el centro de Madrid para participar en una de las celebraciones más importantes de la visita apostólica del Papa a España. Desde muy temprano, la Plaza de Cibeles y los alrededores comenzaron a llenarse de familias, grupos parroquiales, religiosos, jóvenes y peregrinos llegados desde distintos puntos del país.

Pero si hubo algo que captó la atención de todos fueron las impresionantes alfombras florales que cubrían parte del recorrido. Dieciséis composiciones elaboradas con más de 30.000 claveles blancos y amarillos transformaron la calle Alcalá en un auténtico jardín.
Horas de trabajo, cientos de voluntarios y una tradición profundamente arraigada en España dieron forma a uno de los escenarios más hermosos de toda la visita papal.
Tras la celebración de la misa, llegó el momento que muchos esperaban. León XIV tomó la custodia con el Santísimo Sacramento y comenzó la procesión.

Entonces sucedió algo difícil de explicar con palabras. El ruido habitual del centro de Madrid desapareció por completo. Miles de personas seguían el paso del Papa en silencio, rezando, cantando o simplemente contemplando la escena. Algunos levantaban sus teléfonos para guardar el momento. Otros preferían observarlo sin pantallas de por medio. Muchos no podían ocultar la emoción.
Durante la homilía, el Papa recordó que la Eucaristía no es una tradición del pasado ni una simple celebración religiosa.
“Es la presencia viva de Jesús que sigue caminando junto a su pueblo”, afirmó.

Y quizás ninguna imagen explicó mejor esas palabras que la procesión que tuvo lugar minutos después. Porque el Corpus Christi, dijo León XIV, no puede quedarse dentro de los templos. La fe está llamada a salir a las calles, a encontrarse con las familias, con los pobres, con los enfermos y con quienes atraviesan momentos de sufrimiento.
El Pontífice también invitó a los fieles a comprometerse con el bien común y a construir una sociedad más justa y solidaria, recordando que la Eucaristía debe traducirse en gestos concretos de amor y servicio.
Antes de concluir la celebración, animó a todos a volver a la fuente de la Eucaristía para encontrar paz, esperanza y fortaleza. “Convirtámonos nosotros mismos en pan compartido para los demás”, pidió.Mientras la procesión avanzaba entre flores, incienso y cantos, era imposible no pensar en la fuerza que conservan algunas tradiciones cuando están verdaderamente vivas.

Por unas horas, el corazón de Madrid dejó de ser el centro político y turístico de España para convertirse en un lugar de encuentro, de oración y de fe compartida.
Personalmente, fue uno de los momentos más emocionantes que he vivido durante esta cobertura. No solo por la belleza de las alfombras florales o por la multitud reunida, sino por la imagen de un Papa llevando él mismo la custodia entre la gente. Una escena sencilla, pero profundamente significativa. Una de esas imágenes que explican mucho más de lo que cualquier discurso podría expresar.